miércoles, 11 de agosto de 2010

Carta a Bheril

A Bheril Hojazul. Calle de los Sauces; Brisa Dorada


Estimado compañero:

Me ha sido difícil reunirme contigo tras la graduación como te prometí. Lord Sahenion consideró necesario que le acompañase en su último viaje a reinos humanos, para que tomase contacto con su rudimentaria cultura y costumbres. Ha sido largo para mi gusto y hubiese preferido contar con otras compañías aunque la estancia en Ventormenta haya paliado en parte ese detalle. He podido ver con mis propios ojos todo aquello de lo que me has hablado en Quel’danas, la ciudad es un hervidero de actividad, he llegado a oír a varios trobadores en una sola plaza luchando por la atención de sus conciudadanos, a los venteros ofreciendo sus mercancías a viva voz y a las mozas mostrando sus atributos generosos a los viandantes como si fueran un producto más de esa feria apasionada, sonriendo con una falta total de pudor o recato. Las gentes van de acá para allá como si el tiempo nunca fuera suficiente para terminar con sus tareas, parlotean y llenan el aire de extraños aromas. El olor de la ciudad es una amalgama de hedores y perfumes que acaban por saturarte la nariz, los canales apestan como si en ellos fueran a morir todos los deshechos de la ciudad y me temo que es así aunque no me atreví a analizar las peculiaridades de las cosas que flotaban entre las barcazas. No he podido explorar los rincones que me hubiese gustado admirar, ni las costumbres que realmente me interesan, el orden del día resultaba invariable viajando con Sahenion, se puede resumir en ir de una reunión a otra escuchando los desabridos discursos de políticos y diplomáticos en salones de piedra mal tallada y con excesivo olor a humedad. Lo cierto es que acabé echando de menos el relativo silencio de las calles Lunargentinas, las fuentes limpias y los días despejados aunque el bullicioso estilo de vida de los humanos me haya resultado excitante.

No quiero aburrirte y no hay nada nuevo sobre Ventormenta que pueda contarte a ti, no estoy escribiéndote para eso. En la isla se me daba mejor escribirte, no hacían falta muchas palabras para que entendieras nada, siempre has tenido esa detestable facultad de captar lo que quiero decir aunque mantenga la boca tercamente cerrada, es algo que siempre me ha irritado pero que de alguna manera me ha puesto las cosas fáciles. He comenzado a escribir con la clara intención de agradecerte la ayuda prestada, tu te has esforzado y yo he acabado por alcanzar la graduación vivo y con honores, no es el hecho de haberla alcanzado lo que merece mi agradecimiento, si no el hecho de haber convertido ese infierno que comenzó siendo la isla para mi en un lugar mucho más acogedor. Tu instrucción es lo único válido y útil que voy a sacar de ese lugar, aunque ahora pueda aspirar a vestir el tabardo de los Hojalba y tomar sus responsabilidades. No puedo engañarme a mi mismo ni a los que me rodean sobre lo que siento al respecto del destino que me espera, durante un tiempo me esforcé en pensar en que las cosas cambiarían al volver, en que mi hogar se parecería más a un hogar que a una prisión, e incluso llegué a soñar que se me dirigía una mirada de orgullo. Me siento orgulloso de haberme superado, es algo que tu me enseñaste, a sentirme orgulloso de lo que soy capaz de hacer incluso cuando no he elegido el camino, por que he elegido la manera de andarlo y lo he hecho con la cabeza alta. Pero es hiriente e insultante que tu propia sangre no pueda ver el sacrificio que has hecho por parecer más digno a sus ojos. Sahenion seguía mirándome con decepción incluso en la ceremonia de graduación, viendo a su hijo donde quería verle y como quería verle. Su tono sigue siendo tan árido como siempre, aunque apenas discutamos ahora. Sé que no soy lo que esperaba que fuera por que no he elegido libremente lo que deseaba que eligiese. Si lo pienso detenidamente no veo ningún sentido en todo lo que he tenido que luchar por salir adelante en Quel’danas… ¿Me estoy traicionando a mi mismo intentando ser quien él quiere que sea?, ¿Es que acaso tengo otra elección?. A veces creo que he nacido en el lugar equivocado. Tu lo dijiste, vamos a tener que comer muchos ascos en nuestra vida y sospecho que mi vida al completo va a ser un asco.

Voy a arrepentirme de mandarte esto en cuanto lo tire en el buzón, pero no puedo hacer que adivines qué me ocurre a distancia para sentirme consolado, así que me daré prisa en bajar a la calle. Nos vemos en la próxima fiesta de primavera.

Iranion Lamarth’dan

viernes, 4 de junio de 2010

IV - Bheril Hojazul (II)

El oleaje había depositado sobre la arena blanca un tapiz de algas que dibujaban el movimiento del agua sobre la costa. El viento soplaba desde el sur, las aguas del mar del norte lo enfriaban y besaban el rostro en una sensación de contraste con el ambiente cálido y húmedo que imponían los hechizos sobre la isla. Bheril tomó aire con fuerza, llenándose los pulmones de aquel aire auténtico, sustituyendo al que se le antojaba viciado y antinatural. El murmullo de unas botas hundiéndose en la arena le hizo volverse, y la imagen del iniciado Lamarth’dan le despertó una genuina sonrisa, a pesar de su aspecto deplorable.

- Acepto.

Fue el escueto saludo, con la voz ronca y un aire de digna aceptación. Bheril asintió. Sabía como se había hecho aquel terrible cardenal en el pómulo, que golpe exacto le había partido los labios, y que fallo en la esquiva le hacía encorvarse ahora con el dolor de un fuerte golpe en las costillas. Tenía todo el aspecto de haber sido asaltado y tirado en una cuneta, aunque lucía el pelo bien peinado y amarrado en la nuca y esa expresión orgullosa que ni los golpes borraban.

- Descansa un poco, eso también ayuda.

Se quedó de pie tras él. Bheril volvió la vista hacia las aguas oscuras, los dracohalcones de los Hojalba pasaron rozando las olas, a toda velocidad.

- Has estado esperándome, no quiero perder más tiempo.

- No te estaba esperando.- Bheril rió, y si le hubiera mirado en ese momento habría visto las mejillas de Iranion encenderse.- Vengo aquí siempre, después de la comida. Es un buen sitio para meditar.

Iranion le observó, de pie tras él, respirando lentamente para no despertar más punzadas de dolor. La rabia ya había dejado paso al sabor amargo de la derrota, sus contrincantes se encontraban en el mismo grado que él, había entrenado tan duro como todos, se creía capacitado para superar un combate serio y tras caer ante el primero de sus contrincantes todo pareció ir a peor. Había sido un completo desastre.

- Siéntate, anda. – Bheril palmeó la arena a su lado. No tenía ni un rasguño, era de los más avanzados de aquella promoción, aparentaba más edad de la que tenía y sus brazos eran el doble que los de Iranion. Cuando se sentó a su lado, mirándole de reojo, sintió una punzada de envidia.- Duermes poco y comes aun menos.

- ¿Piensas entrenarme o convertirte en mi madre?.

- Algo me dice que has sobrevivido hasta ahora gracias a ella. – Volvió a reírse. Iranion apretó los dientes mientras volvía a sentir la sangre agolpándose en sus mejillas.- Quiero ayudarte a que puedas hacerlo solo.

-Puedo hacerlo perfectamente, que no sepa manejar una espada no significa nada.

- Significa muchas cosas, en realidad. Pero eso no importa, lo que importa es que estás aquí y para sobrevivir debes aprender. No todo está en la práctica, si no eres capaz de levantar una espada en condiciones no podrás superar ni una sola de las pruebas.

Iranion le miró de soslayo. El hijo de los Hojazul nunca había tenido interés alguno para él. Su actitud le había parecido siempre vulgar en las fiestas de primavera, la tez tostada y la completa falta de etiqueta a la hora de vestirse le convertían en alguien indigno de la menor atención, no parecía haber sido así a la inversa. Bheril parecía haberse fijado mucho en lo que el hijo mayor de los Lamarth’dan hacía o dejaba de hacer.

- No me gusta la comida del cuartel.

- No hay otra.

- Es un asco.

- Vamos a tener que comer muchos ascos en la vida. Ya no somos niños, por eso estamos aquí.

- Yo estoy aquí por que me han obligado.

- Eso también significa muchas cosas. – Sonrió. Iranion volvió a tener ganas de abofetearle.

- Oh… Belore… eres un listillo insoportable.

Intentó levantarse antes de que sonaran las campanas que anunciaban la vuelta al entrenamiento. Se le escapó un quejido seco cuando sus costillas se resintieron del golpe. Bheril extendió la mano para ayudarle, recibió un golpe que la apartó antes de que Iranion se pusiera en pie a duras penas.

Si no le hubiese dolido todo el cuerpo le habría golpeado cuando su risa volvió a resonar en el aire.

jueves, 3 de junio de 2010

III - Bheril Hojazul

Le dolían partes del cuerpo que no le habían dolido jamás. Al arrastrarse hacia el camastro le había dado la impresión de que su cuerpo era de goma y el suelo se hundía y le desestabilizaba. Iranion se hundió entre las sábanas oscuras y se cubrió hasta la nariz, sorbiendo las lágrimas que luchaban por anegarle la mirada. Dormía rodeado por todos sus compañeros, en un cuarto atestado de literas que crujían al mínimo movimiento y aunque siempre estuvieran limpias al joven Iranion le asqueaba aquella situación como si le hubiesen arrojado a un campamento infestado de pulgas y anegado de barro. Se sentía absolutamente solo, aun rodeado de las presencias de aquellos que como él se convertirían en grandes guerreros algún día. Tal vez era el único para el que aquello se convertía en una condena de días que se arrastran entre el extenuante ejercicio físico y la ausencia total de todo lo que le había consolado durante su corta vida. Leriel no le despertaba ninguna mañana con su risa cantarina, no podía dormirse sobre los libros ni escapar a los jardines persiguiendo sueños secretos, no tenía las manos de su madre, ni su voz ni el olor de las magnolias que siempre impregnaba su pelo. Sus manos se estaban agrietando de blandir constantemente la espada, sabía que no podría volver a tocar en condiciones ninguno de los instrumentos que sabía tocar, eso no formaba parte de la vida de ningún guerrero.

Suspiró y calculó mentalmente los días que le restaban de aquella condena hasta poder volver a casa, a su habitación y a las canciones de la tata cuando paseaba con Leriel por los pasillos. Se mordió los labios y ahogó el llanto de nuevo, cerrando los ojos y alejando aquella cifra a la que se le hacía complicado sobrevivir. Como cada noche, a pesar del cansancio, el joven Iranion tenía que echar mano de sus recursos para conciliar el sueño que tan esquivo le resultaba. Se imaginaba tendido sobre una barcaza a la deriva, con el pelo mojado y cubierto de la sal del mar, flotando entre los restos de un naufragio, como Tyrel el Negro tras la terrible tempestad que condenó al olvido a toda su flota y a los maravillosos tesoros del imperio de Azshara que atestaban las bodegas de su navío. Él también había perdido sus más preciados tesoros, también flotaba a la deriva en una barcaza que amenazaba con inundarse y dejarle sin ningún apoyo, a merced de aquel océano profundo que te ahogaba hasta el alma. Imaginaba que tenía el arrojo y la fuerza de aquel elfo que fue escupido por las aguas en una isla remota donde las nagas le tomaron como esclavo y condenaron a una vida que no era la suya. Se imaginaba tan astuto como él, consiguiendo que el destino se retorciera a su voluntad para transformar su condición de esclavo en la del señor. Era Tyrel el Negro, y tarde o temprano se alzaría como lo que verdaderamente era, le serían devueltos sus tesoros y posición.

En plena ensoñación, un suave golpe en la sien le hizo parpadear y abrir los ojos a la oscuridad. No estaba seguro de que aquel golpe hubiese sido real, con gestos agotados y ensoñecidos, se incorporó y palpó sobre las sábanas hasta toparse con el tacto rugoso de una pelotita apretada de papel. Frunció el ceño con extrañeza al ver el resplandor tenue que latía como un pequeño corazón en el centro de la esfera irregular, intentó ser lo más silencioso posible, pero le pareció que el crujido del papel llenaba la estancia cuando lo abrió y un pequeño fragmento de maná cristalizado cayó a la palma de su mano, brillando suavemente en tonalidades celestes, aquella luz apenas iluminaba la palma de la mano, pero al acercarla al papel constató su utilidad al ver las letras de trazo fino dibujadas en él.

“Te he visto en el entrenamiento, puedo ayudarte a mejorar”

Sintió como se le agolpaba la sangre en las mejillas y la vergüenza tomaba rápidamente el disfraz de indignación. Pensó en levantarse y tirar de las sábanas de la litera superior hasta que el autor de aquel insulto cayera al suelo por su propio peso, pero incluso pensar en ello le provocó una punzada de dolor en los músculos que le convenció de quedarse donde estaba, eso y el castigo que le esperaba si le encontraban despierto a esas horas. Tanteó sobre su mesilla hasta encontrar la pluma que le había regalado su madre, que funcionaba con un depósito de tinta que nunca se secaba y raras veces había que rellenar, apoyó el papel en la rodilla flexionada y escribió intentando que su letra fuese tan clara como la de su vecino de arriba.

“No te he pedido ayuda y tampoco la necesito. Estás tan capacitado para la instrucción como yo.”

Envolvió la piedra de maná y la lanzó hacia la litera de arriba con cuidado de que no se precipitase hacia el suelo al caer. No tardó en escuchar una risa ahogada y tuvo que apretar los puños para contener el bufido indignado. Sentía que se estaban burlando de él, y era lo único que le faltaba. La pelotita de papel volvió a golpearle, esta vez en la nariz, y rebotó en su regazo.

“Yo al menos sé que una espada no se empuña como el arco de un violín.”

Sabía bien quien era ese engreído que le había tomado como entretenimiento en una noche de insomnio. Berhil Hojazul era el hijo menor de una familia de las Casas Bajas, sus padres habían acudido a más de una fiesta en la residencia de verano que su familia tenía cerca de Brisa Dorada, Sahenion y el patriarca de los Hojazul mantenían una relación cordial, a pesar de que su madre les consideraba ciudadanos de segunda y oportunistas y no solía disimular el desprecio que sentía hacia su sangre.

“Debe ser lo único que sabes, por eso me molestas vanagloriándote de ello. Si me sigues molestando llamaré al guardián.”

La pelotita volvió a volar y afinó el oído para escuchar el rasgueo del lápiz sobre el papel. Le resultaba irritante que a pesar de lo arrugado que estaba el papel y lo difícil que era escribir en la oscuridad Bheril consiguiera mantener la letra tan clara e impoluta.

“Así podrán castigarnos a los dos. Te esperaré en el puerto después de comer, no te olvides la espada.”

Estaba a punto de estallar, si tuviera una piedra se la habría devuelto en lugar del inofensivo papel arrugado, cuanto más pesada y afilada mejor. Vocalizó en silencio mientras escribía, con todo el desprecio del que fue capaz.

“Vete al infierno”

jueves, 20 de mayo de 2010

II - La decisión.

No le importaba quedarse sin cenar una noche más. Era una buena excusa para escabullirse de la desabrida charla en la mesa, donde el excelso señor Lamarth’dan acapararía atenciones y conversación con el relato de los últimos acontecimientos en las cortes humanas, donde pasaba la mayor parte del tiempo que empleaba en los viajes diplomáticos. La participación del joven Iranion en esas charlas solía desembocar en discusiones sobre política, que a su vez desembocaban en los distintos puntos de vista que ambos guardaban sobre el futuro del primogénito de los Lamarth’dan, tan contrapuestos que la única manera de finalizar con la discusión era despachar a Iranion e ignorar lo que se había pronunciado hasta que el jovencito volviera a rebelarse.

Ya había conseguido tragarse la bilis y sumergirse en la lectura cuando un par de golpes firmes en la puerta de su habitación le hicieron dar un respingo. Su madre no llamaba de aquella manera, tampoco la pequeña Leriel, así que concluyó que aquella debía ser la manera en la que lo hacía Sahenion, que jamás había subido a su alcoba a buscarle. Observó la puerta en silencio unos instantes, cerrando el libro y apagando la pequeña lámpara de cristales de maná que tenía sobre el escritorio. Sahenion no se había mostrado favorable al encontrarle leyendo en otras ocasiones lo que para él era literatura barata y de valor nulo para el intelecto, e Iranion no se sentía con ánimos para aguantar otra charla sobre la realidad y las cosas útiles. Escondió el libro en el cajón del escritorio y se levantó, abrió la cama y revolvió un poco las sábanas antes de abrir la puerta de roble lacado, tras la que le recibió el ceño siempre fruncido de su padre, y la mirada que pocas veces le observaba con otra cosa que no fuera reproche. El caballero se adelantó y cerró la puerta tras de si, mientras su hijo le saludaba con el tenso silencio de la dignidad herida, agachando la cabeza con fría cortesía.

- Padre…

- He tomado una decisión.- La voz grave del noble retumbó en la amplia estancia. Iranion no había apartado la mirada orgullosa de los ojos de su padre, a pesar de sentir una garra fría apretándole la garganta.- Vas a iniciar tu instrucción en Quel’danas, bajo la tutoría de los Hojalba.

Iranion parpadeó y sintió la garra congelarse en su garganta. Su padre había amenazado muchas veces con enviarle a la isla, le había explicado cientos de veces el estricto régimen de los pupilos de los Hojalba, el cariz férreo de la instrucción de los futuros caballeros de Quel’thalas. No solo era una amenaza, era el plan de futuro que Sahenion tenía para su hijo, un calco casi exacto de lo que había sido su vida repleta de triunfos y honores.

- No es una decisión que debierais haber tomado solo.- Respondió con frialdad, tragando saliva mientras le mantenía aquella mirada revestida de acero, que pesaba más que el plomo.- No quiero ir a Quel’danas.

Los ojos de Sahenion destellaron, los rasgos afilados del elfo se endurecieron mientras le miraba en silencio, Iranion conocía bien el brillo de la decepción en la mirada de su padre, y su presencia en aquella habitación comenzó a hacerse demasiado densa.

- No he venido a pedirte opinión. Vas a ir a Quel’danas, vas a instruirte como hemos hecho todos los Lamarth’dan, y en un futuro me agradecerás que haya tomado esta decisión por ti.

- Jamás voy a ser lo que habéis sido vos. No voy a agradeceros nunca que me obliguéis a vivir vuestra vida. Ese no es mi camino, mis propósitos son más elevados que servir a la patria, padre.

Tragó saliva de nuevo, la tensión en la mandíbula de su padre se había redoblado, los ojos destellaban no solo de decepción, era un reflujo de ira que se contenía tras su mirada. Cuando habló, lo hizo con un susurro cortante, abrupto y rasposo.

-¿Qué hay más elevado que trabajar por y para tu pueblo, Iranion?

- Trabajar por y para el alma de mi pueblo.- Respondió, atreviéndose a alzar el tono de su voz y la cabeza con su orgullo habitual.- El arte, padre.

El repentino estallido resonó en la habitación. La bofetada que Sahenion le había propinado le hizo girar la cabeza y casi le hizo caer al suelo por la fuerza del golpe. El ardor se extendió desde el mentón hasta el pómulo y la boca se le inundó de sangre. Sintió las lágrimas anegarle los ojos al llevarse la mano al rostro y volver la mirada cargada de odio hacia su padre, que permanecía erguido observándole con la misma expresión.

- Te he consentido demasiado, he confiado en tu criterio y me has demostrado que careces de él. Sé que allí corregirán mis errores. Partirás la próxima estación, quieras o no. Eres un Lamarth’dan.

La puerta se cerró con estrépito, dejándole solo en la estancia en penumbra, donde las sombras parecieron cercarle al caer de rodillas y escupir la sangre de su boca sobre su mano. Observó la pieza de marfil flotando en el charco carmesí, como manchas contrapuestas a través del velo de las lágrimas. Escuchó como se cerraba el cerrojo de su habitación, y los pasos pesados de su padre al alejarse. No le dolió tanto el golpe como descubrir cuando se alzase el sol que su padre había donado los libros que con tanto celo guardaba y a los que tanto defendía a la biblioteca de la ciudad, había hecho desaparecer las liras, las harpas y las flautas y había vaciado la casa de todo instrumento de creación al alcance del joven Iranion. En un último intento por colocarle los arreos y llevarle por el camino que deseaba para él, Sahenion cultivó y alimentó el veneno del odio de Iranion, que siempre había estado gestándose en algún recóndito rincón de su alma.

I - El Jardín Secreto

Una aparición de velos blancos… pétalos que se abren a la noche y se dejan mecer por la brisa cálida y perfumada de un jardín en penumbra. En algún rincón murmura el agua de una fuente cristalina, corea con sutilidad a la voz de seda, que deja escapar las notas de una canción triste, temerosa de ser escuchada. Es una flor secreta, una magnolia blanca velada por el follaje de los espinos, a veces se abre en su celda y sueña con bailar a la luz de la luna, sueña con besar el sol desnuda y sin vergüenza. La hierba húmeda acaricia sus pies desnudos, el cabello se abre como un sinfín de sedas de araña, finas y resplandecientes, blancas como las perlas, cuando voltea sobre si misma y alza las manos al cielo, su perfume esparce en el aire el hechizo que solo ella sabe entretejer, convierte en sueño el suelo a mis pies, y la imagen etérea de su silueta es lo único real en este mundo que pierde sentido y substancia.

Es mi canción lo que brota de sus labios. Susurrante y dulce, su voz parece amplificarse en el pequeño claro, viene a besar mis nervios y deslizarse en mis entrañas. Las notas de nuestro poema, la llamada y la evidencia del conocimiento de mi presencia… ella siempre adivina mi mirada entre las sombras, aunque me alíe con el silencio. Canta para mi, baila para mi como un sueño hecho carne. Teje la tela y tira con suavidad, susurrando nuestros secretos, abriéndose a la luz de la luna y resplandeciendo entre los espinos. Me roba el aire cuando se acerca. El tacto imposible de los labios aterciopelados sobre los míos, la caricia que se cierra en mis manos y tira de mi hacia la luz, la humedad empalagosa de su boca que se abre como la fruta madura mientras el mundo comienza a girar alrededor, su cabello enredándose con el mío, la fuerza que nos une en el círculo mistérico que dibujan sus pies, son los hilos que dibujan su tapiz, son las manos con las que moldea mis anhelos.

Belore… no quiero escapar… quiero agazaparme por siempre en su celda, abrazado por los pétalos de mi flor secreta, en el jardín al que nadie puede acceder, donde los arcanos de su belleza solo a mi pertenecen, donde postro mi alma y me sacrifico en tributo a sus dones, donde solo obtendría aquello que merece.

La hierba besa mis rodillas, los velos me cercan y se me enredan, sus dedos de alabastro se deslizan sobre mis cabellos, los suspiros quedos se ahogan en el murmullo del agua, mi respiración entrecortada es la oración que repito mientras me hundo en el almíbar tibio de sus profundidades y su sabor se esparce en mi interior como un sinfín de caricias sutiles. Me entrego como un fiel ante su dios, ante la luz que insufló la vida en su carne, me deshago en alabanzas y mi rezo se vuelve fervoroso cuando su voz responde como el sonido de las olas ante de romper en la costa. Mis manos cerradas en los velos blancos, reclaman la comunión con la divinidad, mi cuerpo incapaz de contener la vida se tensa y vibra de necesidad… y son sus manos de alfarero las que me moldean, me guían a través de mis propios deseos, a través de sus velos hacia los dones voluptuosos de su anatomía.

Ninfa divina, estatua que cobra vida, musa que otorga el don de la inspiración, hogar de Belore y Elune, tu cuerpo es el templo sagrado donde se forman las estrellas, donde el primer destello desató la creación. Tu cuerpo es el útero de cada pensamiento hermoso, la matriz de la belleza que rebosa desde tus manos. Y me elijes para darme de beber, me elijes para rezar arrodillado ante tus altares, me elijes para bendecirme con tu misterio creador. Solo a ti me debo. Solo soy por ti. No me niegues los dones gozosos, nunca veles tu mirada de universos. Tus ojos están en mi y no consigo encontrar palabras para dar forma a mi agradecimiento.

El abrazo me estrecha. Su respiración se quiebra en la garganta, el sudor la hace resplandecer como a un hada en el pequeño claro. Una figura de plata y marfil que ha cobrado vida y se arquea flexible como un junco, respondiendo a mis plegarias, tirando de mis cabellos cuando la marea nos arrastra hacia la quietud de las profundidades de un lago cristalino. Flotamos juntos, enredados en sus velos, en la calma silenciosa de su templo.

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sábado, 27 de marzo de 2010

IX Tirisfal

Los ojos de resplandor enfermizo del Ejecutor Zygand se fijaron en el alto elfo que permanecía de pie ante él y su montura. Concluyó que aquel tipo de pelo rojo y mirada severa era el nuevo aspirante a convertirse en hamburguesas para el Mesón La Horca cuando el elfo se cuadró y le saludó llevándose la mano al pecho, en aquel estilo tan marcial y exquisito de los Sin’dorei que tanto asco le daba. “Malditos vivos”, farfulló para si antes de recolocarse la mandíbula, que siempre se le descolgaba en el peor momento.

- ¿Eres el enviado de los Caballeros de Sangre?

El elfo asintió, y antes de que tuviera tiempo de ajustarse la mandíbula de nuevo, extendió la empuñadura del mandoble mellado que llevaba. Zygand le tenía casi a la altura del mentón aun estando montado en su caballo esquelético.

-¿Qué le pasa a tu espada?- Dijo con aspereza, arqueando las cejas que se habían quedado sin pelo mucho tiempo atrás. El elfo empujó con suavidad la espada y cabeceó, señalando la empuñadura y Zygand se percató del grabado en esta.- Lazhar Erien Corazón de Fuego.

El elfo del pelo como ascuas asintió y volvió a enfundar la espada en su espalda. Si, era el enviado, esos malditos caballeretes solo les enviaban sus despojos a Rémol, el hecho de que tuvieran un enorme cementerio en el que apilar sus cadáveres debía ser un punto a favor en esa decisión, no debían querer llenarse el paisaje de su adorado bosque con tumbas recientes.

- Eres mudo. – Asintió, y Zygand le observó en silencio. Volvió a descolgársele la mandíbula como si ese hecho le hubiera sorprendido sobremanera aunque no fuera el caso. Un crujido y pudo volver a hablar. – Mejor. ¿Sabes quienes son los Escarlatas?. Si, lo sabes, bien. Son unos tipos muy perseverantes que además no saben interpretar los mensajes clarísimos que les mandamos. Les han visto rondar de nuevo la Torre del Oeste, están aprovechando el revuelo que causa la campaña de Rasganorte y la apertura de los zeppelines que viajan hacia allí. Por suerte no es un trabajo para la diplomacia.

El intento de sonrisa le salió torcido, más parecía una mueca de asco, que era un factor común en casi todas las expresiones del ejecutor. Lazhar le observaba sin moverse, con una pose marcial y tensa y una mirada cuya severidad camuflaba los pensamientos del elfo. No le gustaba el lugar al que le habían mandado, no le gustaba aquel tipo de ojos icteríticos y boca torcida que le miraba con un aire de superioridad y desprecio desde lo alto de la montura, aquella tierra contaminada le ponía nervioso como nunca, el aire era casi irrespirable y aun así se cuadró y saludó con respeto cuando recibió las órdenes, acatándolas. Durante mucho tiempo aquel había sido su trabajo, obedecer y hacer las cosas con la máxima perfección posible, pero mientras se ajustaba el cinturón de malla y se encaminaba campo a través por aquellos cultivos muertos, fue plenamente consciente de la inquietud que bullía en su estómago, como si estuviese dando los pasos en sentido contrario en un camino que no conocía… y tan siquiera veía.

Bordeó la torre refugiándose en la maleza del bosque, las sempiternas sombras de Tirisfal le ofrecían un buen resguardo. La Torre se encontraba cerca del camino que conducía a la antigua Lordaeron, en un claro que ofrecía una vista despejada de sus inmediaciones. No había movimiento ni luz en el interior de esta, y el atardecer ya hacía desvanecerse las sombras de los árboles que murmuraban a su alrededor, mecidos por una brisa pegajosa de humedad. Lazhar no era ducho en el arte del acecho, nunca había participado en incursiones ni en ataques… él siempre había sido un defensor, presto a soportar y repeler los ataques de los enemigos, guardián o custodio pero nunca el atacante. Observó la distancia que le separaba de la torre y empuñó el mandoble con ambas manos, la fuerza hormigueó en sus músculos al tensarse y le devolvió cierta seguridad. Intentó ser lo más silencioso posible mientras acortaba la distancia, pero las ramas secas que cubrían el suelo bajo la hierba chasqueaban y se quejaban, la malla tintineaba y el cuero rozaba en cada paso. Se coló por una de las brechas de la pequeña muralla que rodeaba a la torre en ruinas y se pegó a la pared mientras avanzaba hacia la entrada. Solo se oía el aullido esporádico de algún can de peste y el susurro de los árboles en su continua siniestra coral. No parecía haber un alma en las inmediaciones, pero el elfo caminó despacio, intentando hacer el mínimo ruido posible hasta acercarse a la puerta desvencijada de la torre, que a tenor de su aspecto había sido abierta a golpes en más de una ocasión. Se asomó al interior a través de uno de los boquetes entre los maderos, y una oscuridad moteada de polvo le saludó al otro lado. Ni siquiera las ratas se movían.

Empujó la puerta, que chirrió como angustiándose de ser abierta, y se asomó al interior con un claro escepticismo. ¿Quién diablos querría tomar aquella ruina? ¿Y para qué?. Allí dentro solo había cascotes, una escalera de piedra que se caía a trozos y… los restos de una hoguera. Cuando el olor residual del humo le cosquilleó en las fosas nasales, ya estaba escuchando el deslizar metálico del acero en su vaina. El corazón se le aceleró un momento, los músculos se tensaron y se apartó a tiempo para evitar la estocada de la figura elástica que se había estado ocultando en las sombras. Fue un movimiento automático, la inercia de su esquiva le dejó en una posición ventajosa y la hoja solo tuvo que proyectarse para clavarse en la carne de su atacante. Un movimiento rápido, un gemido ahogado y el golpe seco contra el suelo acompañado por el sonido gorgoteante de la sangre en la garganta. Lazhar observó la figura tendida en el suelo unos instantes, después de haber barrido con la mirada el lugar, volvía a estar solo y el olor de la sangre se le pegaba en el paladar con su sabor metálico y empalagoso. Se acercó al cuerpo aun caliente y le dio la vuelta, era un cuerpo ligero, menudo y elástico, no parecía uno de aquellos paladines, sobretodo por que los Cruzados no solían cubrirse el rostro. Una indescriptible angustia se le afianzó en la boca del estómago, y el olor de la sangre le removió las entrañas cuando descubrió el rostro joven de aquel humano, que había quedado con los ojos abiertos y la mirada fija al frente. No, no era un maldito Cruzado, los rescoldos de la hoguera de aquel ladronzuelo aun desprendían el olor de la madera quemada, y al lado de estos descansaba una mochila de tela ajada. El elfo observó el cadáver un largo instante, y deslizó los dedos sobre los parpados para cerrarlos antes de cargar con el ligero peso de aquel cuerpo, sintiendo que le pesaba más la culpa cuyo sabor nunca había sido tan intenso. No era la primera vez que mataba defendiéndose… o defendiendo a otros. Pero era la primera vez que lo hacía desde que había vuelto a nacer, la primera vez que podía volverse consciente de ese acto, y paladeó aquella angustia sin esconderse de ella mientras caminaba con el cuerpo en brazos, de vuelta al pueblo del enorme cementerio, donde una tumba más a nadie molestaría.

domingo, 21 de marzo de 2010

VIII Leriel

Desde que era capaz de caminar sin apoyo alguno el elfo apenas dejaba que se acercase. Leriel permanecía a una distancia prudencial, refrenando los impulsos cada vez que veía las fuerzas de Lazhar fallar en algún ejercicio e incluso sentía que debía pedir permiso para ayudarle a levantarse si caía, lo cual solía negarle. La tozudez de aquel elfo silencioso la sacaba a veces de sus casillas, pero prefería enfadarse a tener que volver a ver la impotencia en aquellos ojos y sus enfados raras veces duraban unos minutos, hasta que volvía a sorprenderse observándole maravillada.

Era uno de esos días, en los que el ánimo siempre activo de Lazhar la había impulsado a salir de la ciudad con él, sin miedo a que no fuera capaz de enfrentarse al terreno complicado de las pendientes y los caminos irregulares. El sempiterno sol de Canción Eterna refulgía con fuerza y arrancaba destellos ígneos en los cabellos prendidos del elfo, que se afanaba en mantener un ritmo constante en sus pasos, resollando con una sonrisa cansada en los labios. “Hace unos meses le dí por muerto”, pensaba la elfa menuda que le acompañaba unos pasos por detrás, observándole absorta. No había contado con la fuerza que bullía tras esos ojos grises y vívidos que no se apagaron ni en las peores horas de fiebre convulsa, y a pesar de su desesperanza esa chispa reticente la impulsó a permanecer a su lado, primero por que no deseaba que muriese solo, después por que deseaba fervientemente verle alzarse y prevalecer… y allí estaba, de pie en el camino, paladeando el sabor de la brisa que llegaba desde la costa como si jamás hubiese tenido la oportunidad de hacerlo. Leriel sintió como se le erizaba la piel al mirarle, como si fuese capaz de transmitirle lo que estaba sintiendo con una sola mirada y esa sonrisa sempiterna que aquel rostro engañosamente severo se empeñaba en esbozar.

- Sigue siendo primavera… - Murmuró la elfa, acercándose con cautela. No le ofreció el brazo, se limitó a seguir caminando a su lado, mirándole de soslayo.- Han cambiado muchas cosas… otras siguen igual… gracias a Belore, no nos falta su bendición.

La miró un instante, la única señal de que estuviera escuchándola, por que el bosque parecía estar cantando para aquellos oídos que tanto tiempo habían pasado en el silencio, y el elfo, ávido por ese alimento del que se había visto negado, parecía no saber donde posar la mirada mientras caminaba, con pasos débiles pero seguros, en el descenso pedregoso hacia las playas del Ocaso Marchito. Leriel se llevó las manos a la boca cuando cayó por primera vez, quedándose sentado sobre la tierra y estallando en una carcajada cuando las piedras le hicieron resbalar, y apartó la mano cuando sintió el impulso de tendérsela, al ver que volvía a levantarse sacudiéndose aquella toga de adepto que le quedaba corta. No pudo evitar reírse cuando en la tercera caída el elfo se remangó la toga hasta la cintura al levantarse y continuó caminando luciendo los terribles calzones a juego con la toga que la amabilidad de los Caballeros de Sangre le había prestado. Llegaron a la playa entre risas y se dejaron caer sobre la arena blanda casi al unísono, hundiendo las manos en aquella tierra fina y húmeda que olía a salitre.

- Hay que ver. ¡Eso es del todo indigno de un guardia! – Le reñía Leriel entre risas, mientras el elfo se arreglaba dignamente la toga de nuevo y fijaba la mirada en el horizonte, con un suspiro tranquilo al dejar la risa de bailar en sus labios. Negó suavemente con la cabeza, sin volver los ojos a ella.

-Ya… ya no eres guardia. – Suspiró ella también, pero sus ojos le observaban a él, con un ligero brillo melancólico. - ¿No has pensado en volver a serlo? Podremos conseguir que estés bien para hacer las pruebas ¿sabes?, no les piden tantos requisitos como a los forestales, bastará con que puedas pegar a los malos cuando armen gresca y les lleves de los pelos al cuartel… ya sabes como funciona.

El viento se levantó un instante, agitando el cabello que se había desprendido del recogido de la elfa que se apartó las hebras blanquecinas del rostro mientras observaba al pelirrojo. No respondió, estaba absorto observando el horizonte, y ni el pelo que latigueaba en su rostro parecía molestarle. Aun se marcaban los pómulos bajo la piel pálida, ligeramente enrojecida sobre estos y la nariz por efecto del sol, la manera en la que entrecerraba los ojos demostraba que el astro aun resultaba demasiado potente para los sensibilizados sentidos del elfo. Leriel se limitó a observarle durante un largo instante, ajena al rumor de las olas en la playa y a los planeos de las gaviotas sobre el agua que tanto fascinaban a Lazhar.

- Belore está contigo. – Murmuró, sin darse cuenta, y los ojos grises se fijaron en ella con perplejidad. Leriel frunció ligeramente el ceño, sin poder dejar de mirarle y asintió despacio, sintiendo que el aire se estremecía en sus pulmones. – Tu si… tienes su bendición… se te ha quedado en los ojos, y por… por eso estás vivo. A ti te ha elegido…

La observó un instante, y allanó la arena con un gesto de la mano, escribiendo sobre la húmeda superficie.

“Yo elegí vibir. Tu apoyaste la decision”

Leriel observó las palabras grabadas en la arena. Sonrió, mirándole de soslayo mientras adelantaba la mano y corregía aquella frase con los trazos finos de sus dedos largos. “Vivir, decisión”. Cuando volvió a mirarle, con un gesto fingidamente severo, ambos estallaron en carcajadas mientras el elfo se golpeaba con el índice en la sien, burlándose de su propio error. Suspiraron a la vez y quedaron en silencio.

“Gracias”

Escribió esta vez, sin fallos en la ortografía y con letras grandes sobre la arena. No necesitaba hacerlo, sus ojos transmitían el agradecimiento sobradamente cuando se posaban en los ojos de la elfa, hablaban de un afecto sincero y una promesa muda. Y Leriel, a la que el mundo le asustaba y todo le parecía demasiado grande para ella, se sentía menos sola cobijándose en aquellos ojos, más capaz de enfrentarse a una vida cuyo sentido se le antojaba vacuo a veces.

- Quieren… cuando estés bien… quieren enviarte a Tirisfal.- Murmuró, apartando los ojos de aquella mirada gris que era como plata templada.- La Cruzada Escarlata está… bueno… como siempre, molestando a los renegados, no les dejan continuar con sus importantes investigaciones.

Lazhar se había vuelto a perder en el horizonte. Las gaviotas seguían volando cerca de la costa y parecía seguir a veces sus vuelos, no parecían importarle las palabras de la sanadora, a la que había comenzado a hacérsele un nudo en el estómago.

- Tu…¿quieres ir?
El elfo se encogió de hombros y volvió la mirada, esbozando una sonrisa que hizo que su estómago se encogiese un poco más. No tenía miedo, eso le estaba diciendo, durante años había servido con valentía a la casa de los Caminantes del Sol, Leriel solo intuía a que peligros podría haberle hecho frente un Guardia Real, y el mayor de ellos, el que prefería no recordar, lo habían enfrentado todos años atrás.

- No me gustan los muertos… los que caminan, ya sabes. Mi hermano dice que no deberíamos fiarnos de ellos aunque… muchos hayan sido nuestros hermanos.

Sabía que se le notaba, le estaba faltando el aire por alguna razón que no se explicaba, y el elfo pelirrojo la miraba con un gesto preocupado, se le había ahogado la voz y el corazón le martilleaba en la garganta como si una sed intensa la hubiese asaltado de golpe. Lazhar cerró las manos en sus brazos cuando se acercó a él, interpretando tal vez que iba a perder el sentido.

- Ah… es…estoy bien.- Se apartó rápidamente y se puso en pie con las mejillas encendidas de pronto. No le tendió las manos al elfo que se esforzaba en levantarse.

- Se está haciendo tarde… y aun nos quedan ejercicios. Mejor si volvemos.

Caminó de vuelta a su lado, sintiéndose pequeña y estúpida mientras trataba de calmar la estampida de su corazón. No, esta vez no eran efectos de ansiedad alguna, y tampoco el miedo del recuerdo fugaz, esas cosas le quedaban algo lejos en esos instantes, ahora era lo suficientemente valiente para adelantarse y agarrar de la mano al grandullón, era valiente como para haber tomado la decisión de ayudarle. Nunca había creído en los recelos de Solanar, mucho menos cuando le tenía tan cerca.