jueves, 20 de mayo de 2010

I - El Jardín Secreto

Una aparición de velos blancos… pétalos que se abren a la noche y se dejan mecer por la brisa cálida y perfumada de un jardín en penumbra. En algún rincón murmura el agua de una fuente cristalina, corea con sutilidad a la voz de seda, que deja escapar las notas de una canción triste, temerosa de ser escuchada. Es una flor secreta, una magnolia blanca velada por el follaje de los espinos, a veces se abre en su celda y sueña con bailar a la luz de la luna, sueña con besar el sol desnuda y sin vergüenza. La hierba húmeda acaricia sus pies desnudos, el cabello se abre como un sinfín de sedas de araña, finas y resplandecientes, blancas como las perlas, cuando voltea sobre si misma y alza las manos al cielo, su perfume esparce en el aire el hechizo que solo ella sabe entretejer, convierte en sueño el suelo a mis pies, y la imagen etérea de su silueta es lo único real en este mundo que pierde sentido y substancia.

Es mi canción lo que brota de sus labios. Susurrante y dulce, su voz parece amplificarse en el pequeño claro, viene a besar mis nervios y deslizarse en mis entrañas. Las notas de nuestro poema, la llamada y la evidencia del conocimiento de mi presencia… ella siempre adivina mi mirada entre las sombras, aunque me alíe con el silencio. Canta para mi, baila para mi como un sueño hecho carne. Teje la tela y tira con suavidad, susurrando nuestros secretos, abriéndose a la luz de la luna y resplandeciendo entre los espinos. Me roba el aire cuando se acerca. El tacto imposible de los labios aterciopelados sobre los míos, la caricia que se cierra en mis manos y tira de mi hacia la luz, la humedad empalagosa de su boca que se abre como la fruta madura mientras el mundo comienza a girar alrededor, su cabello enredándose con el mío, la fuerza que nos une en el círculo mistérico que dibujan sus pies, son los hilos que dibujan su tapiz, son las manos con las que moldea mis anhelos.

Belore… no quiero escapar… quiero agazaparme por siempre en su celda, abrazado por los pétalos de mi flor secreta, en el jardín al que nadie puede acceder, donde los arcanos de su belleza solo a mi pertenecen, donde postro mi alma y me sacrifico en tributo a sus dones, donde solo obtendría aquello que merece.

La hierba besa mis rodillas, los velos me cercan y se me enredan, sus dedos de alabastro se deslizan sobre mis cabellos, los suspiros quedos se ahogan en el murmullo del agua, mi respiración entrecortada es la oración que repito mientras me hundo en el almíbar tibio de sus profundidades y su sabor se esparce en mi interior como un sinfín de caricias sutiles. Me entrego como un fiel ante su dios, ante la luz que insufló la vida en su carne, me deshago en alabanzas y mi rezo se vuelve fervoroso cuando su voz responde como el sonido de las olas ante de romper en la costa. Mis manos cerradas en los velos blancos, reclaman la comunión con la divinidad, mi cuerpo incapaz de contener la vida se tensa y vibra de necesidad… y son sus manos de alfarero las que me moldean, me guían a través de mis propios deseos, a través de sus velos hacia los dones voluptuosos de su anatomía.

Ninfa divina, estatua que cobra vida, musa que otorga el don de la inspiración, hogar de Belore y Elune, tu cuerpo es el templo sagrado donde se forman las estrellas, donde el primer destello desató la creación. Tu cuerpo es el útero de cada pensamiento hermoso, la matriz de la belleza que rebosa desde tus manos. Y me elijes para darme de beber, me elijes para rezar arrodillado ante tus altares, me elijes para bendecirme con tu misterio creador. Solo a ti me debo. Solo soy por ti. No me niegues los dones gozosos, nunca veles tu mirada de universos. Tus ojos están en mi y no consigo encontrar palabras para dar forma a mi agradecimiento.

El abrazo me estrecha. Su respiración se quiebra en la garganta, el sudor la hace resplandecer como a un hada en el pequeño claro. Una figura de plata y marfil que ha cobrado vida y se arquea flexible como un junco, respondiendo a mis plegarias, tirando de mis cabellos cuando la marea nos arrastra hacia la quietud de las profundidades de un lago cristalino. Flotamos juntos, enredados en sus velos, en la calma silenciosa de su templo.

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sábado, 27 de marzo de 2010

IX Tirisfal

Los ojos de resplandor enfermizo del Ejecutor Zygand se fijaron en el alto elfo que permanecía de pie ante él y su montura. Concluyó que aquel tipo de pelo rojo y mirada severa era el nuevo aspirante a convertirse en hamburguesas para el Mesón La Horca cuando el elfo se cuadró y le saludó llevándose la mano al pecho, en aquel estilo tan marcial y exquisito de los Sin’dorei que tanto asco le daba. “Malditos vivos”, farfulló para si antes de recolocarse la mandíbula, que siempre se le descolgaba en el peor momento.

- ¿Eres el enviado de los Caballeros de Sangre?

El elfo asintió, y antes de que tuviera tiempo de ajustarse la mandíbula de nuevo, extendió la empuñadura del mandoble mellado que llevaba. Zygand le tenía casi a la altura del mentón aun estando montado en su caballo esquelético.

-¿Qué le pasa a tu espada?- Dijo con aspereza, arqueando las cejas que se habían quedado sin pelo mucho tiempo atrás. El elfo empujó con suavidad la espada y cabeceó, señalando la empuñadura y Zygand se percató del grabado en esta.- Lazhar Erien Corazón de Fuego.

El elfo del pelo como ascuas asintió y volvió a enfundar la espada en su espalda. Si, era el enviado, esos malditos caballeretes solo les enviaban sus despojos a Rémol, el hecho de que tuvieran un enorme cementerio en el que apilar sus cadáveres debía ser un punto a favor en esa decisión, no debían querer llenarse el paisaje de su adorado bosque con tumbas recientes.

- Eres mudo. – Asintió, y Zygand le observó en silencio. Volvió a descolgársele la mandíbula como si ese hecho le hubiera sorprendido sobremanera aunque no fuera el caso. Un crujido y pudo volver a hablar. – Mejor. ¿Sabes quienes son los Escarlatas?. Si, lo sabes, bien. Son unos tipos muy perseverantes que además no saben interpretar los mensajes clarísimos que les mandamos. Les han visto rondar de nuevo la Torre del Oeste, están aprovechando el revuelo que causa la campaña de Rasganorte y la apertura de los zeppelines que viajan hacia allí. Por suerte no es un trabajo para la diplomacia.

El intento de sonrisa le salió torcido, más parecía una mueca de asco, que era un factor común en casi todas las expresiones del ejecutor. Lazhar le observaba sin moverse, con una pose marcial y tensa y una mirada cuya severidad camuflaba los pensamientos del elfo. No le gustaba el lugar al que le habían mandado, no le gustaba aquel tipo de ojos icteríticos y boca torcida que le miraba con un aire de superioridad y desprecio desde lo alto de la montura, aquella tierra contaminada le ponía nervioso como nunca, el aire era casi irrespirable y aun así se cuadró y saludó con respeto cuando recibió las órdenes, acatándolas. Durante mucho tiempo aquel había sido su trabajo, obedecer y hacer las cosas con la máxima perfección posible, pero mientras se ajustaba el cinturón de malla y se encaminaba campo a través por aquellos cultivos muertos, fue plenamente consciente de la inquietud que bullía en su estómago, como si estuviese dando los pasos en sentido contrario en un camino que no conocía… y tan siquiera veía.

Bordeó la torre refugiándose en la maleza del bosque, las sempiternas sombras de Tirisfal le ofrecían un buen resguardo. La Torre se encontraba cerca del camino que conducía a la antigua Lordaeron, en un claro que ofrecía una vista despejada de sus inmediaciones. No había movimiento ni luz en el interior de esta, y el atardecer ya hacía desvanecerse las sombras de los árboles que murmuraban a su alrededor, mecidos por una brisa pegajosa de humedad. Lazhar no era ducho en el arte del acecho, nunca había participado en incursiones ni en ataques… él siempre había sido un defensor, presto a soportar y repeler los ataques de los enemigos, guardián o custodio pero nunca el atacante. Observó la distancia que le separaba de la torre y empuñó el mandoble con ambas manos, la fuerza hormigueó en sus músculos al tensarse y le devolvió cierta seguridad. Intentó ser lo más silencioso posible mientras acortaba la distancia, pero las ramas secas que cubrían el suelo bajo la hierba chasqueaban y se quejaban, la malla tintineaba y el cuero rozaba en cada paso. Se coló por una de las brechas de la pequeña muralla que rodeaba a la torre en ruinas y se pegó a la pared mientras avanzaba hacia la entrada. Solo se oía el aullido esporádico de algún can de peste y el susurro de los árboles en su continua siniestra coral. No parecía haber un alma en las inmediaciones, pero el elfo caminó despacio, intentando hacer el mínimo ruido posible hasta acercarse a la puerta desvencijada de la torre, que a tenor de su aspecto había sido abierta a golpes en más de una ocasión. Se asomó al interior a través de uno de los boquetes entre los maderos, y una oscuridad moteada de polvo le saludó al otro lado. Ni siquiera las ratas se movían.

Empujó la puerta, que chirrió como angustiándose de ser abierta, y se asomó al interior con un claro escepticismo. ¿Quién diablos querría tomar aquella ruina? ¿Y para qué?. Allí dentro solo había cascotes, una escalera de piedra que se caía a trozos y… los restos de una hoguera. Cuando el olor residual del humo le cosquilleó en las fosas nasales, ya estaba escuchando el deslizar metálico del acero en su vaina. El corazón se le aceleró un momento, los músculos se tensaron y se apartó a tiempo para evitar la estocada de la figura elástica que se había estado ocultando en las sombras. Fue un movimiento automático, la inercia de su esquiva le dejó en una posición ventajosa y la hoja solo tuvo que proyectarse para clavarse en la carne de su atacante. Un movimiento rápido, un gemido ahogado y el golpe seco contra el suelo acompañado por el sonido gorgoteante de la sangre en la garganta. Lazhar observó la figura tendida en el suelo unos instantes, después de haber barrido con la mirada el lugar, volvía a estar solo y el olor de la sangre se le pegaba en el paladar con su sabor metálico y empalagoso. Se acercó al cuerpo aun caliente y le dio la vuelta, era un cuerpo ligero, menudo y elástico, no parecía uno de aquellos paladines, sobretodo por que los Cruzados no solían cubrirse el rostro. Una indescriptible angustia se le afianzó en la boca del estómago, y el olor de la sangre le removió las entrañas cuando descubrió el rostro joven de aquel humano, que había quedado con los ojos abiertos y la mirada fija al frente. No, no era un maldito Cruzado, los rescoldos de la hoguera de aquel ladronzuelo aun desprendían el olor de la madera quemada, y al lado de estos descansaba una mochila de tela ajada. El elfo observó el cadáver un largo instante, y deslizó los dedos sobre los parpados para cerrarlos antes de cargar con el ligero peso de aquel cuerpo, sintiendo que le pesaba más la culpa cuyo sabor nunca había sido tan intenso. No era la primera vez que mataba defendiéndose… o defendiendo a otros. Pero era la primera vez que lo hacía desde que había vuelto a nacer, la primera vez que podía volverse consciente de ese acto, y paladeó aquella angustia sin esconderse de ella mientras caminaba con el cuerpo en brazos, de vuelta al pueblo del enorme cementerio, donde una tumba más a nadie molestaría.

domingo, 21 de marzo de 2010

VIII Leriel

Desde que era capaz de caminar sin apoyo alguno el elfo apenas dejaba que se acercase. Leriel permanecía a una distancia prudencial, refrenando los impulsos cada vez que veía las fuerzas de Lazhar fallar en algún ejercicio e incluso sentía que debía pedir permiso para ayudarle a levantarse si caía, lo cual solía negarle. La tozudez de aquel elfo silencioso la sacaba a veces de sus casillas, pero prefería enfadarse a tener que volver a ver la impotencia en aquellos ojos y sus enfados raras veces duraban unos minutos, hasta que volvía a sorprenderse observándole maravillada.

Era uno de esos días, en los que el ánimo siempre activo de Lazhar la había impulsado a salir de la ciudad con él, sin miedo a que no fuera capaz de enfrentarse al terreno complicado de las pendientes y los caminos irregulares. El sempiterno sol de Canción Eterna refulgía con fuerza y arrancaba destellos ígneos en los cabellos prendidos del elfo, que se afanaba en mantener un ritmo constante en sus pasos, resollando con una sonrisa cansada en los labios. “Hace unos meses le dí por muerto”, pensaba la elfa menuda que le acompañaba unos pasos por detrás, observándole absorta. No había contado con la fuerza que bullía tras esos ojos grises y vívidos que no se apagaron ni en las peores horas de fiebre convulsa, y a pesar de su desesperanza esa chispa reticente la impulsó a permanecer a su lado, primero por que no deseaba que muriese solo, después por que deseaba fervientemente verle alzarse y prevalecer… y allí estaba, de pie en el camino, paladeando el sabor de la brisa que llegaba desde la costa como si jamás hubiese tenido la oportunidad de hacerlo. Leriel sintió como se le erizaba la piel al mirarle, como si fuese capaz de transmitirle lo que estaba sintiendo con una sola mirada y esa sonrisa sempiterna que aquel rostro engañosamente severo se empeñaba en esbozar.

- Sigue siendo primavera… - Murmuró la elfa, acercándose con cautela. No le ofreció el brazo, se limitó a seguir caminando a su lado, mirándole de soslayo.- Han cambiado muchas cosas… otras siguen igual… gracias a Belore, no nos falta su bendición.

La miró un instante, la única señal de que estuviera escuchándola, por que el bosque parecía estar cantando para aquellos oídos que tanto tiempo habían pasado en el silencio, y el elfo, ávido por ese alimento del que se había visto negado, parecía no saber donde posar la mirada mientras caminaba, con pasos débiles pero seguros, en el descenso pedregoso hacia las playas del Ocaso Marchito. Leriel se llevó las manos a la boca cuando cayó por primera vez, quedándose sentado sobre la tierra y estallando en una carcajada cuando las piedras le hicieron resbalar, y apartó la mano cuando sintió el impulso de tendérsela, al ver que volvía a levantarse sacudiéndose aquella toga de adepto que le quedaba corta. No pudo evitar reírse cuando en la tercera caída el elfo se remangó la toga hasta la cintura al levantarse y continuó caminando luciendo los terribles calzones a juego con la toga que la amabilidad de los Caballeros de Sangre le había prestado. Llegaron a la playa entre risas y se dejaron caer sobre la arena blanda casi al unísono, hundiendo las manos en aquella tierra fina y húmeda que olía a salitre.

- Hay que ver. ¡Eso es del todo indigno de un guardia! – Le reñía Leriel entre risas, mientras el elfo se arreglaba dignamente la toga de nuevo y fijaba la mirada en el horizonte, con un suspiro tranquilo al dejar la risa de bailar en sus labios. Negó suavemente con la cabeza, sin volver los ojos a ella.

-Ya… ya no eres guardia. – Suspiró ella también, pero sus ojos le observaban a él, con un ligero brillo melancólico. - ¿No has pensado en volver a serlo? Podremos conseguir que estés bien para hacer las pruebas ¿sabes?, no les piden tantos requisitos como a los forestales, bastará con que puedas pegar a los malos cuando armen gresca y les lleves de los pelos al cuartel… ya sabes como funciona.

El viento se levantó un instante, agitando el cabello que se había desprendido del recogido de la elfa que se apartó las hebras blanquecinas del rostro mientras observaba al pelirrojo. No respondió, estaba absorto observando el horizonte, y ni el pelo que latigueaba en su rostro parecía molestarle. Aun se marcaban los pómulos bajo la piel pálida, ligeramente enrojecida sobre estos y la nariz por efecto del sol, la manera en la que entrecerraba los ojos demostraba que el astro aun resultaba demasiado potente para los sensibilizados sentidos del elfo. Leriel se limitó a observarle durante un largo instante, ajena al rumor de las olas en la playa y a los planeos de las gaviotas sobre el agua que tanto fascinaban a Lazhar.

- Belore está contigo. – Murmuró, sin darse cuenta, y los ojos grises se fijaron en ella con perplejidad. Leriel frunció ligeramente el ceño, sin poder dejar de mirarle y asintió despacio, sintiendo que el aire se estremecía en sus pulmones. – Tu si… tienes su bendición… se te ha quedado en los ojos, y por… por eso estás vivo. A ti te ha elegido…

La observó un instante, y allanó la arena con un gesto de la mano, escribiendo sobre la húmeda superficie.

“Yo elegí vibir. Tu apoyaste la decision”

Leriel observó las palabras grabadas en la arena. Sonrió, mirándole de soslayo mientras adelantaba la mano y corregía aquella frase con los trazos finos de sus dedos largos. “Vivir, decisión”. Cuando volvió a mirarle, con un gesto fingidamente severo, ambos estallaron en carcajadas mientras el elfo se golpeaba con el índice en la sien, burlándose de su propio error. Suspiraron a la vez y quedaron en silencio.

“Gracias”

Escribió esta vez, sin fallos en la ortografía y con letras grandes sobre la arena. No necesitaba hacerlo, sus ojos transmitían el agradecimiento sobradamente cuando se posaban en los ojos de la elfa, hablaban de un afecto sincero y una promesa muda. Y Leriel, a la que el mundo le asustaba y todo le parecía demasiado grande para ella, se sentía menos sola cobijándose en aquellos ojos, más capaz de enfrentarse a una vida cuyo sentido se le antojaba vacuo a veces.

- Quieren… cuando estés bien… quieren enviarte a Tirisfal.- Murmuró, apartando los ojos de aquella mirada gris que era como plata templada.- La Cruzada Escarlata está… bueno… como siempre, molestando a los renegados, no les dejan continuar con sus importantes investigaciones.

Lazhar se había vuelto a perder en el horizonte. Las gaviotas seguían volando cerca de la costa y parecía seguir a veces sus vuelos, no parecían importarle las palabras de la sanadora, a la que había comenzado a hacérsele un nudo en el estómago.

- Tu…¿quieres ir?
El elfo se encogió de hombros y volvió la mirada, esbozando una sonrisa que hizo que su estómago se encogiese un poco más. No tenía miedo, eso le estaba diciendo, durante años había servido con valentía a la casa de los Caminantes del Sol, Leriel solo intuía a que peligros podría haberle hecho frente un Guardia Real, y el mayor de ellos, el que prefería no recordar, lo habían enfrentado todos años atrás.

- No me gustan los muertos… los que caminan, ya sabes. Mi hermano dice que no deberíamos fiarnos de ellos aunque… muchos hayan sido nuestros hermanos.

Sabía que se le notaba, le estaba faltando el aire por alguna razón que no se explicaba, y el elfo pelirrojo la miraba con un gesto preocupado, se le había ahogado la voz y el corazón le martilleaba en la garganta como si una sed intensa la hubiese asaltado de golpe. Lazhar cerró las manos en sus brazos cuando se acercó a él, interpretando tal vez que iba a perder el sentido.

- Ah… es…estoy bien.- Se apartó rápidamente y se puso en pie con las mejillas encendidas de pronto. No le tendió las manos al elfo que se esforzaba en levantarse.

- Se está haciendo tarde… y aun nos quedan ejercicios. Mejor si volvemos.

Caminó de vuelta a su lado, sintiéndose pequeña y estúpida mientras trataba de calmar la estampida de su corazón. No, esta vez no eran efectos de ansiedad alguna, y tampoco el miedo del recuerdo fugaz, esas cosas le quedaban algo lejos en esos instantes, ahora era lo suficientemente valiente para adelantarse y agarrar de la mano al grandullón, era valiente como para haber tomado la decisión de ayudarle. Nunca había creído en los recelos de Solanar, mucho menos cuando le tenía tan cerca.

miércoles, 27 de enero de 2010

VII A Salvo

- Si es sacerdote nunca ha estudiado en este templo.

Murmuró la elfa, observando el rosario que pendía del cuello del elfo inconsciente. Lo habían traído esa misma tarde al templo, para que intentasen sanar la herida que parecía cangrenarse en el costado del pelirrojo e intentasen rehabilitarlo. Belestra se había sobresaltado al ver llegar al draenei que acompañaba a un elfo con el tabardo del Sol Devastado. Se limitaron a indicar que era un prisionero rescatado de la isla de Quel’danas, y que volverían a indagar sobre él cuando hubiese mejorado su estado. La sacerdotisa desconfió un poco, pero al ver el estado del prisionero se tranquilizó, no tenía nada que temer de un elfo desnutrido y cuya tonificación muscular no le permitiría apenas mantenerse en pie.

- Vuelve a limpiar la herida y renueva el emplasto.- Indicó a la iniciada que se inclinaba sobre el herido, con un breve ademán de sus manos. La muchacha ya estaba cortando las vendas cuando escucharon el tintineo de las armas y los escudos que las hizo volverse con cierto sobresalto. Lord Solanar no solía dejarse ver demasiado por allí, pero allí estaba bajo el dintel de la puerta, flanqueado por dos guardias de mirada tan severa como la suya.

- Hemos venido a por el prisionero de Quel’danas. Es jurisdicción de los Caballeros de Sangre. Nos haremos cargo de él.

Las sacerdotisas se apartaron del cuerpo inconsciente. La aparición del caballero había causado cierto revuelo entre los adeptos y Belestra tuvo que poner orden antes de responderle.

- Se…señor, no queremos inmiscuirnos en los asuntos de los Caballeros, pero tal vez sería conveniente que permaneciese aquí hasta recuperarse. Está herido de gravedad y parec…

- Nadie os ha pedido opinión. – Replicó cortante, haciendo un gesto a los guardias que se acercaron al elfo convaleciente y lo cargaron en una de las camillas de tela que los sacerdotes habían dispuesto.

Belestra se llevó la mano al pecho y suspiró al verles partir de nuevo. Nadie en la ciudad vivía ajeno a la conmoción entre las filas de los Caballeros de Sangre, y sus acciones desde el ataque de los Sangrevil estaban siendo contundentes como nunca. Había habido ejecuciones, escarnios públicos y un aumento de la vigilancia sobre el pueblo en busca de posibles traidores. Por eso se sintió aliviada al perderles de vista, y aunque se compadecía de aquel elfo del rosario no podía más que dar gracias a la Luz por que aquel problema no quedase ya en sus manos.


Solanar no era conocido por tener una paciencia excepcional. Nada más dejar al elfo inconsciente en uno de los camastros del cuartel, mandó llamar a un sanador para que se pusiera a trabajar en la recuperación de aquel elfo de pelo rojo. Le necesitaba consciente y bien despierto y Leriel había demostrado ser muy efectiva en la reanimación en el campo de batalla. Cuando llegó, se inclinó ante su superior e inspeccionó al herido, abriendo las vendas y examinándole de arriba abajo, en un silencio que siempre conseguía sacar de sus casillas a Solanar.
- Reanímalo.

- Señor. Si lo que desea es interrogar a este elfo debería saber que la lengua le ha sido amputada y que no solo la herida es difícil de curar si no que seguramente sea incapaz incluso de escribir para responder sus preguntas.

La mirada del Lord hizo que la elfa tragase saliva al volverse hacia el herido y colocarle una mano en la frente y otra en el pecho. No necesitaba más para saber lo que quería su superior, y ella no iba a ser la que le contradijese, así que dejo fluir la luz, en una descarga moderada que hizo tensar los músculos al cuerpo inconsciente. El elfo abrió los ojos, y estos se fijaron, confusos, en la elfa que le reclamaba de nuevo a la vigilia y que seguía canalizando la luz para evitarle los dolores que debían aquejarle.

- ¿Es usted Lazhar Erien Corazón de Fuego?

Los ojos del pelirrojo se volvieron hacia el elfo embutido en la armadura roja y el corazón debió acelerársele en el pecho de pura dicha al reconocer al Lord de Sangre. No podía apenas moverse, pero fue capaz de asentir y resollar antes de sonreír débilmente.

- Antiguo Guardia de Lunargenta y Guardia real destinado a Quel’Danas hace dos años. Hermano de Selin Corazón de Fuego, acusado de conspiración y traición contra el pueblo Thalassiano.

La voz del elfo se diluyó en ecos extraños para Lazhar. El contacto de la elfa había dejado de producirse, y sentía el cuerpo como si fuera del más rígido y pesado torio que pudiera encontrarse. El primer pinchazo de dolor se lo llevo por delante, convirtiendo en murmullos difusos la discusión que se desencadenaba a su lado en la que la potente voz del Lord Solanar tronaba con contundencia.

- No vuelva a contradecir mis órdenes. Vigile esa herida y encárguese de que se estabilice con la mayor premura, Leriel, o será enviada al baluarte para que aprovechen mejor sus capacidades en el frente. ¿Ha entendido?.

La elfa asintió, mordiéndose la lengua y maldiciendo para sus adentros. Se volvió hacia el antiguo Guardia y comenzó a limpiar la oscurecida herida, segura de que moriría en el transcurso de esa noche si no conseguía bajar esa tremenda infección y limpiar el líquido verdoso que supuraba de ella.

VI El Guardian del Palacio del Sol

Escuchaba los golpes desde la cámara. Ecos como truenos de una tormenta cercana, ahogando los sonidos de las explosiones que llegaban desde el puerto. Selin pisaba con fuerza mientras caminaba de un lado a otro de la estancia en penumbra, hacia reverberar sus pasos con fuerza para no tener que oír el rumor de la batalla. Hacía semanas que disfrutaba de su nueva posición en el palacio del Pastor, hacía semanas que se hundía en la complacencia y el abandono a su hambre con las fuentes que le habían proporcionado sus superiores. Las piedras que se encontraban suspendidas en la sala no dejaban de brotar la energía caótica que necesitaba, derramaban sobre él más de la que necesitaba, más de la que podía consumir… y le encantaba, se refocilaba en ello. Había llegado a olvidar la situación que le envolvía, el hecho de que la guerra había estallado en la hasta ahora apacible isla, de que tarde o temprano asaltarían las puertas del palacio del sol y romperían la tranquilidad con las arengas y los gritos y el ansia de venganza. Y fue esa tarde, cuando al fin comenzó a quebrarse su esfera de ensueño narcótico cuando la voz a la que siempre intentaba ahogar comenzó a recordarle las cosas.

- Te han traído junto con los desdichados, junto con los perdidos, te han traído para que te consumas sin dar problemas, para que se entretengan contigo y tus hombres mientras los que realmente valen hacen su trabajo. Tu espada ya no vale, ni siquiera el Príncipe vale… no sois más que sombras de lo que fuisteis.

- Me han traído a proteger al Pastor. Al Caminante del Sol, al Salvador de nuestra raza. Él me ha otorgado el don de la fuerza, la inmortalidad. Soy invulnerable.

- Te han traído a morir como al ganado. Eres una pieza usada y desechada. ¿No sientes como te consume?

Bajó la mirada a las manos quebradas, los surcos brillaban como el jade encendido, sentía fluir la sangre como lava espesa, ardiendo en su interior, inflamándole. Su risa resonó por toda la sala, desquiciada mientras cerraba los dedos en sus propios cabellos, el aire a su alrededor crepitaba, temblaba.

- Soy invulnerable. Soy el protector.

- No lo eres. Estás solo. Vas a morir solo. Lo has vendido todo por un espejismo. ¿Los oyes?. Vienen a por ti… no van a perdonarte, nadie va a perdonarte.

El puño del elfo se estrelló contra una de las piedras, la energía restalló y se coló hacia sus venas con demasiada naturalidad. La sangre que manaba de las heridas abiertas por los cristales se encendía, y goteaba como pequeñas llamas verdes que se apagaban en el suelo, siseando. Se dejó caer de rodillas, extendiendo las pequeñas y oscuras alas a sus espaldas, observando las heridas que durante tanto tiempo estuvo infligiéndose a si mismo. En la sala no había nadie más, nadie más que el y su voz deslizándose con un eco roto, respondiéndose a si misma.

- No necesito el perdón.

Alzó los ojos encendidos cuando el sonido de pasos metálicos irrumpió en la sala. En su rostro se dibujó una sonrisa al ponerse en pie, el aire se inflamaba a su alrededor con lenguas de fuego vil cuando un par de arcos se tensaron y le apuntaron desde la entrada. Un draenei encabezaba el grupo, varios elfos fijaban la mirada tensa e iracunda en él. Y la energía le colmó de nuevo, estallando con furia.

- ¡SOY UN DIOS!

Pronto cayeron sobre él, la Luz destelló y mordió la carne con más fuerza que el acero y las flechas. Los primeros hombres del Sol Devastado que pisaban su hogar cayeron pronto ante él y sus hombres, ante la fuerza sobrehumana que le otorgaba su alimento. Una parte de si lo creía, confiaba en prevalecer y alzarse como un verdadero dios… otra parte, más escondida, odiada y ahogada, seguía deseando que fuera su hermano el próximo en adentrarse en su reino, agarrarle de la mano y sacarle de allí… como siempre había sido.

lunes, 4 de enero de 2010

V Terminará. Volverá a comenzar.

Las cuentas del rosario prendido en la muñeca del sacerdote tintineaban con cada gesto, devolvían la luz del candil potenciada por los destellos del cristal, parecía atesorar luz propia en el interior de cada pequeña esfera, era el reflejo más potente de luz que había visto en mucho tiempo, con el color que recordaba debía tener el sol, dorado, brillante. No sabía si volvería a verlo, si respiraría algo más que el aire viciado de aquella celda que olía a humedad, si los rayos cálidos entre el ramaje de Canción Eterna no volverían a salir de su memoria, pero no había perdido la esperanza… a pesar de las cadenas y la mordedura dolorosa y envenenada de la daga de su hermano. La luz que invocaba el sacerdote sanaba las heridas, y volvía a cerrar aquel estigma que ardía en las entrañas, aquel elfo que limpiaba las heridas y las impurezas en su piel siempre había permanecido en silencio, con el rostro aniñado ensombrecido y el pelo del color de la perla oculto bajo el embozo, formaba parte de su vida y agradecía su presencia cada vez que el cerrojo se descorría y el rosario destellaba en su muñeca. No necesitaba palabras, la caricia de la luz le consolaba, devolvía la esperanza a su corazón y avivaba el fuego que permanecía prendido en su espíritu, nada tenía que reprocharle a aquellas manos que velaban por él, que volcaban su piedad sobre su cuerpo maltrecho, por que en esas manos había piedad, y en esos ojos resplandecía la luz como en las cuentas del rosario. Un día, mientras limpiaba la piel de su rostro con el lienzo humedecido, los labios del sacerdote se entreabrieron y escuchó una voz distinta a la de su hermano en mucho tiempo, un susurro de tintes musicales, una voz que era como un arroyo de agua limpia en un bosque silencioso:

- Las naves han atracado en el puerto. Los nuevos estandartes ondean allí… son elfos y draeneis, bendecidos por el mismo A’dal.

Levantó la cabeza para fijar los ojos en aquella mirada que le sonreía mientras deslizaba el suave lienzo sobre su rostro. Le estaba hablando, no lo había imaginado, no eran los ecos extraños de campanillas ni el susurro de aquel llanto amargo, era una voz tangible, que se colaba en sus oídos y despertaba una sonrisa en sus labios cuarteados.

- El portal ha sido abierto… es cuestión de días, los refuerzos se cuentan por miles, llegan desde Kalimdor y los Reinos del Este, llegan desde todo Azeroth respondiendo a la llamada del Sol Devastado. Sus rayos pronto se abrirán paso a través de las nubes.

Eran sus manos frescas las que acariciaban su frente, el brillo en los ojos del joven elfo se volvió acuoso al quedar en silencio, su mirada era un reducto de pureza en aquel pozo envilecido, su presencia un punto de luz demasiado evidente entre tanta tiniebla. Lazhar no era capaz de entender la razón de su presencia, pero no necesitaba hacerlo, solo creer fervientemente en sus palabras, agarrarse a ellas y refugiarse como si de un escudo se tratasen.

- Hasta su llegada… debes aguantar. – Susurró con voz queda mientras las lágrimas, lentas y cristalinas, se deslizaban en las mejillas blancas.- La Luz está contigo… pídele que te proteja… pídele que te sane, no permitas que el veneno se extienda hacia tu alma y ella te ayudará, ella es tu voluntad… tu eres su voluntad. Resiste, guerrero.

Deslizó las manos sobre su cabeza, dejando caer el rosario que tintineó al prenderse en el cuello del prisionero, su mirada ardía de determinación al posarla en el joven sacerdote, no necesitaba otro gesto, otra palabra, que aquella promesa refulgente en el fondo de sus ojos, aguantaría, por que entendía lo que estaba sucediendo, por que sabía que no volvería a ver aquellos ojos… y ambos conocían bien el significado del sacrificio.

Terminará… volverá a comenzar. Pronto.

Aun sentía la huella de los cálidos labios en su frente cuando la puerta de metal se cerró, volviéndole a sumir en las tinieblas, pero la llama que se había prendido ya no podía ahogarse por profundas que estas fueran, el corazón que latía con fuerza no podría acallarse por intenso que fuera su silencio. Una de las enseñanzas de la Luz es la paciencia… y Lazhar, sin saberlo, se iniciaba en sus misterios en uno de los lugares que más carecía de ella, en el seno del sufrimiento, el útero extraño que conformaba aquella celda en la que estaba creciendo de nuevo.

domingo, 3 de enero de 2010

IV Hermanos para siempre

Había hecho bien su trabajo. El Pastor había demostrado su agradecimiento tras el ataque a Lunargenta. Todo fue a pedir de boca, cuando la caravana que transportaba al príncipe cruzó las puertas de la ciudad sus habitantes se echaron a las calles que pronto vibraron en vítores y alabanzas. Reconocían el carruaje del Pastor, tirado por dos halcones ricamente adornados y vestidos con la insignia de la familia real. Fue fácil cruzar la ciudad cobijados bajo hechizos y los almófares que les cubrían el rostro. Cuando la caravana se detuvo ante el cuartel de los Caballeros de Sangre Lady Liadrin ya esperaba al aclamado Príncipe y en su rostro se leía la misma ansiedad de todo el pueblo por las nuevas, vivían de sus esperanzas y su fe en él, pero bien sabía Selin, que flanqueaba a la figura embozada del Caminante del Sol, que no entenderían sus acciones… que la única manera de llevarse lo que necesitaban era a través de la fuerza y por eso el Pastor les eligió a ellos. Solo necesitó una mirada de su Majestad para dejar caer el almófar y desenfundar las armas, todos ellos lo hicieron al unísono cuando llegaron a la sala del naaru y cerraron filas en torno al príncipe, fueron rápidos, precisos y actuaban con el factor sorpresa en su beneficio, los Caballeros no podían dar crédito al caos que se estaba desatando a su alrededor, nada pudieron hacer cuando el príncipe tejió su hechizo atrapando al naaru y solo pudieron hundirse en su rabia cuando los rituales de invocación comenzaron a tirar de aquellos demonios que en su día debieron haber sido sus hermanos.

Lunargenta gritaba de ira y ansia de venganza y en la isla un naaru se debatía en su prisión de magia, cantando una canción teñida de amargura, su Luz se apagaba… se convertía en otra cosa. Y Selin, aquel que comandó la pequeña hueste de elfos astados disfrutaba de su nueva posición como protector del Príncipe y su palacio, paladeando las mieles de una recompensa envenenada que a él se le antojaba el culmen de sus deseos. Podía tomar cuanto desease de los inagotables cristales que habían dispuesto en su cámara, podía ahogarse en el poder tanto como quisiera, pues siempre había más… le habían vuelto inmortal, le habían concedido la invulnerabilidad de un dios y como un dios pasaba las horas disponiendo a sus esbirros y esperando el inminente incordio de los mortales que nada saben y nada entienden para despacharlos sin piedad alguna.

Selin había pensado poco en su hermano en esos días, solo mientras peleaba, mientras los filos de las espadas se cernían amenazantes sobre él, dedicó un recuerdo esquivo a Lazhar, ahogó un deseo sincero de verle a su lado, luchando por lo que creía, como siempre había sido, codo con codo. Por que los caminos del recuerdo eran tortuosos para Selin, que aun podía sentir que el corazón le latía, a veces con atronadora intensidad, y sabía en que dirección fluía ese río y cuan amargas se volvían sus aguas cuando se perdían en las orillas del pasado. Aunque pensase poco en él, era la espina que aun volvía doloroso el latido de un corazón cristalizado, su presencia como un faro lejano le hacía desesperar a veces… y no quería recordar. Selin era un dios, sentado en un trono de seda , oro y poder, y ahora podía hacer lo que se le antojase, podía disponer de quien quisiera, podía decidir sobre el destino de aquellos que ocupaban los escalones bajo sus pies… y lo haría, convertiría en triunfo su única derrota en la vida.

Y fue con este pensamiento con el que volvió a hundirse en las entrañas de la isla, con su paso firme y sus ojos de jade líquido. La mirada cuasi apagada de su hermano volvió a clavarse como un puñal, y algo en él se estremeció de miedo y repugnancia en su presencia, ante la figura derrotada del elfo, ante el cuerpo escuálido y débil, por un instante, volvió a sentirse pequeño e indefenso, volvió a sentir la necesidad imperiosa de tenerle al lado y refugiarse en su abrazo… y le odió tanto que deseó su muerte. Le pareció oír su nombre cuando la pequeña daga se clavó en el costado del prisionero, le pareció que su presencia le hacía arder por dentro cuando la arrancó de la carne caliente y la hoja de jade resplandeciente se vio veteada de la sangre carmesí:

- Es cuestión de tiempo hasta que supliques por ello....- Murmuró, lamiendo el puñal antes de enfundarlo. – Hermanos para siempre… Lazhar.